Caminar

Caminar o como se llame

Sinceramente no tengo ni idea de la terminología correcta: senderismo, treking, hiking… Yo le llamo CAMINAR. Seguro que sabes de lo que hablo.

Desde siempre me ha gustado caminar por la montaña. Caminatas largas con mayor o menos dificultad. Recuerdo que con mis padres íbamos a Ordesa cuando era una niña. O también las excursiones en el Pirineo Catalán donde solíamos veranear. Después me aficioné aún más cuando vivía en Vallgorguina. Allí es imposible no caminar por la montaña en cuanto te has caído de la cama.

Pero el Gran Cambio vino con el Camino de Santiago. Me había planteado muchas veces hacerlo, pero nunca encontraba el momento.

Un año que no tenía planes para vacaciones, que estaba sola y mi vida era un pequeño (o gran) desastre, me calcé las botas, cogí la mochila y me decidí a intentarlo.

El primer año fueron unos 12 días. Fue algo increíble. Una experiencia inigualable (Tranquilo, que otro día ya me pondré pesada con el Camino. Hoy no toca). Cuando al siguiente año, en medio de mi Depresión (sí, con mayúsculas) decidí seguir donde lo había dejado el año anterior, no las tenía todas conmigo. Sola, con medicación y con esa gran nube negra sobre mi cabeza. Una gran elección. Fueron unos 12 días o así. Y finalmente el tercer año, cuando terminé los 795 km del Camino Francés. ¡Qué satisfacción! Y es que resulta que caminar en la Naturaleza tiene numerosos beneficios para el organismo, tanto físicos como mentales. Y a mí me pesan muchos los mentales.

Cuando camino consigo que la cafetera que tengo por cabeza deje de echar humo y solo haga chup chup. Además, me deleito con los paisajes, la Naturaleza, los sonidos del bosque, el agua que corre libremente, las inclemencias meteorológicas… Todo.

Hoy estaba mirando los vídeos del GR-11, La Transpirenaica, de Anina Aniway y he visto que ha vuelto. Y el gusanillo del Caminar me ha picado y he empezado a pensar en cuándo podría plantearme hacer algo así, en si lo haría sola o con mi pareja. Y me he dado cuenta de que no va a ser pronto. Y el motivo es el miedo. ¿Miedo? Sí, miedo. Voy a intentar explicarlo.

En mi caso, cuando me he embarcado en una aventura como hacer el Camino de Santiago Sola, irme un mes a Thailandia, irme un mes a Nueva Zelanda… ha sido porque me encontraba en un momento de mi vida donde me daba igual todo. No tenía nada “seguro”. Ni siquiera podía creer que mi vida era mía. Es en esos momentos en los que no me importaba qué me podía suceder. No me malinterpretes. No soy una descerebrada que no medita sus actos. Es más bien que al creer que no tienes nada que perder, el miedo desaparece y tomas decisiones, llamémoslas más valientes. Supongo que es ese miedo el que impide que muchas personas emprendan, den un cambio a su vida. Aunque el cambio sea algo tan “banal” como hacer un viaje solo.

¿Y por qué ahora no cogería mi mochila viajera y recorrería el GR11? Porque ahora siento que tengo mucho a perder: una relación con una persona que me quiere, me entiende y me apoya; un sueño convertido en negocio, que justo acaba de empezar; y un lugar nuevo donde acabo de mudarme que todavía tengo por explorar.

Así que aún no, Transpirenaica.

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